Eutanasia a la vista!

-Alfonso Navarro

El Universal

01-06-2001

¿Eu-thánatos ? ¿Buena muerte? Este eufemismo escuálido, tiburonesco, rasga la superficie de este país con su ominosa aleta de fingido humanismo. Está a la vista: "Una realidad clandestina", como la ha calificado este gran diario independiente en dos reportajes de fechas recientes. Y todo parece indicar que va ganando millas mientras se adentra en la sociedad sin que ésta perciba las funestas consecuencias, inmorales y antisociales, que trae aparejadas. Este es el hecho, el factum, del cual debemos partir. De nada servirá cerrar los ojos a esta realidad amenazante: "La eutanasia se practica en las unidades de terapia intensiva de los diversos hospitales mexicanos", según un testimonio recogido por Ruth Rodríguez en estas páginas. La consecuencia lógica viene de la mano: se debe analizar profunda y ampliamente el fenómeno a fin de consignarlo en las leyes de manera clara y yo reiteraría respetuosa de la dignidad humana.

Nos hallamos, en efecto, ante un gran desafío. El director del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de la Secretaría de Salud ha dicho: "El tema es terriblemente complicado para cualquier país y en cualquier tendencia, ya que hay que tomar en cuenta que en nombre de la eutanasia (morir de la mejor manera) se han provocado calamidades que espantan al mundo". Golpea esta advertencia; como que se trata de vida o muerte y, más aún, de ética o de infamia ante el sufriente.

Siendo escabroso, el tema es acometido desde diversos flancos que, a fin de cuentas, se decantan en dos: la mentalidad relativista y la visión católica. La primera explota el miedo normal de todo ser humano al sufrimiento y a la soledad ante la muerte. Un sufrimiento, por demás, que nuestro gran "avance" científico prolonga muchas veces por el uso exagerado de medios desproporcionados de la medicina, colocando sobre el enfermo graves cargas económicas y más molestias que beneficios. De ello, la mentalidad relativista deriva la necesidad de aplicar la eutanasia. En síntesis, esta mentalidad nos viene a decir que la persona humana carece de valor intrínseco y absoluto, es decir, que no vale por el mero hecho de ser persona, sino a condición de que posea ciertas cualidades, entre ellas, la de la salud. De lo contrario, dicha mentalidad considera que la persona no merece seguir viviendo.

En sentido opuesto se dirige la visión católica del hombre y del sufrimiento humano. Los católicos partimos de un dato esencial: el "no matarás". Nadie tiene el "derecho" de matar a otros y menos a sí mismo. Es necesario resaltar esta obviedad para salir al paso del argumento falaz de los promotores de la eutanasia: el "derecho" a morir, a que sea aplicada la eutanasia o el suicidio asistido. En el fondo, los partidarios de estos crímenes lo que pretenden es ocultar el egoísmo de los saludables hacia los enfermos. "Cuando una sociedad escribe el doctor Adolfo J. Castañeda crea una mentalidad propicia a la eutanasia y al suicidio asistido, les está diciendo a los ancianos, a los enfermos terminales y a los familiares de los enfermos comatosos: `Miren, no les vamos a ayudar, no vamos a estar con ustedes para aliviarles el dolor o para ayudarles a cargar sus cargas, sino que vamos a ayudarles a que se quiten de en medio y vamos a hacerlo con su consentimiento o, incluso, sin él".

Así pues, la visión católica del sufrimiento no desemboca en la guillotinesca alternativa de la eutanasia sino, todo lo contrario, en la asistencia amorosa del enfermo, lo cual implica no alargar su sufrimiento indefinidamente por medios desproporcionados a su capacidad física. De ahí que al médico católico sólo le asista el "derecho" y el deber de sacrificarse por el enfermo, de darle amor y compasión. Llegados a este punto, es necesario escribir con pudor sagrado, como quien toca una reliquia. Sólo un mentecato se atrevería a hacer literatura del dolor. Para el católico resulta claro que el dolor por el dolor es el más estúpido de los sinsentidos. El dolor, para él, se sublima por la aceptación trascendente, como aquella que evidencia la cruz del Gólgota donde Cristo comparte, sí, comparte el dolor con el género humano. Éste es mi Dios, y el de millones de humanos. Así, el dolor no sólo encuentra sentido, sino que pide ser compartido entre los hombres para ser disminuido. La visión católica del sufrimiento no cae, pues, en las teorías masoquistas de Schopenhauer ("el bienestar y la dicha son negativos. Sólo el dolor es positivo") o de Schubert ("La alegría nos vuelve frívolos y egoístas, mientras que sólo el dolor agudiza la inteligencia y fortifica el alma").

La eutanasia acecha a nuestro país. Mientras tanto, los médicos, en el mejor de los casos, nadan en un mar de confusiones. Los gobernantes han decidido, por fin, propiciar la atención espiritual y sicológica a los pacientes de instituciones públicas de salud. Los jacobinos, los "librepensadores" y otras faunas afines se han puesto a graznar. ¿Qué vamos a hacer como sociedad? Sin rendir culto romántico al dolor, opino que tampoco debemos caer en pánico. La respuesta se halla en el trato amoroso a los pacientes. La eutanasia sólo nos llevará a calamidades inmorales y antisociales.

navarroa@infosel.com



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